Las catástrofes, como las inundaciones provocadas por la DANA del 29 de octubre, son una llamada de atención sobre los retos más urgentes que enfrentan los sistemas de salud mental. Estas crisis dejan un impacto emocional y psicosocial significativo en las comunidades afectadas. Los Estados tienen la responsabilidad de proporcionar respuestas inmediatas y, al mismo tiempo, fomentar estrategias sostenibles que refuercen la capacidad colectiva para abordar estas situaciones. Ante la creciente frecuencia de estos eventos, es imprescindible capacitar y apoyar a las comunidades para que lideren su recuperación y contribuyan a un modelo de atención más inclusivo y adaptado a las realidades actuales. Los Estados deben hacerse cargo tanto de la prevención, con medidas estructurales, como de la respuesta directa, así como de proporcionar el contexto en el que los individuos, organizados, puedan desplegar estrategias de ayuda.
Determinantes sociales y climáticos

En el marco de las catástrofes, los determinantes sociales de la salud son esenciales para comprender tanto el impacto como las necesidades de intervención. En el caso de la DANA estos determinantes se hacen especialmente evidentes: los fenómenos climáticos extremos a consecuencia de la crisis climática combinados con una planificación urbana exclusivamente mercantilista, ha expuesto a las comunidades a riesgos evitables y profundizado desigualdades estructurales. Este escenario requiere diseñar intervenciones que no solo afronten las consecuencias inmediatas, sino que también reduzcan estas desigualdades y aborden el daño psicosocial desde una perspectiva integral.
La intervención en salud mental
La respuesta del Ministerio de Sanidad, junto con el Comisionado de Salud Mental, articulada a través de las Unidades de Salud Mental de Emergencias (USME), constituye un referente en el abordaje integral de crisis. Este programa se desplegará en los próximos meses y permitirá a la población elaborar el trauma en condiciones de acompañamiento colectivo y situado, favoreciendo una recuperación emocional que integre a las comunidades en el proceso de superación del desastre. Las USME priorizan el trabajo comunitario como una herramienta esencial para reconstruir redes sociales y responder a los desafíos psicosociales.
"El duelo colectivo, frecuente en desastres de gran magnitud, debe ser entendido como una respuesta natural y necesaria para la recuperación"
Belén González Callado, Comisionada de Salud Mental
Las catástrofes no afectan de forma homogénea a toda la población. Las desigualdades estructurales preexistentes amplifican los efectos negativos, especialmente en comunidades vulnerables. Es crucial evitar enfoques que interpreten las respuestas naturales al trauma como patologías. Reacciones como insomnio transitorio, nerviosismo o temor a la repetición del evento son respuestas normales frente a experiencias disruptivas. Las intervenciones de base comunitaria permiten reducir la incidencia de problemas de salud mental moderados y graves, además de detectar los casos que precisan intervención sanitaria especializada, como puede ser el Trastorno de Estrés Postraumático.
Duelo colectivo y justicia social
El duelo colectivo, frecuente en desastres de gran magnitud, debe ser entendido como una respuesta natural y necesaria para la recuperación. Abordarlo desde estrategias estructuradas implica crear espacios para la expresión emocional que no solo ayuden a procesar el sufrimiento, sino que también fortalezcan la cohesión social. Estas intervenciones deben ir más allá de lo inmediato, promoviendo actividades comunitarias que refuercen las redes de apoyo y conecten a los afectados con recursos especializados cuando sea necesario. Solo un enfoque integral puede garantizar que el duelo colectivo impulse la equidad y la justicia social.
"Creernos la comunitaria" implica un cambio de paradigma en la salud mental: pasar de un modelo centrado en la medicalización y en respuestas individuales hacia uno que valore el trabajo colectivo y situado. Reconocer el contexto como un elemento central para entender y abordar el malestar, articulando intervenciones equitativas y efectivas que se alineen con las necesidades particulares de las comunidades afectadas. Innovar en salud mental también es transformar los sistemas para que fomenten el cuidado mutuo y la cohesión social.
Liderar este cambio exige un compromiso activo que fomente alianzas entre la población y los profesionales de la salud, reconociendo las capacidades de las comunidades para cuidar de su salud y proteger su entorno. Integrar plenamente las dimensiones colectivas y sociales de la salud mental requiere abandonar enfoques que se centran exclusivamente en diagnósticos individuales, adoptando modelos que promuevan la resiliencia comunitaria y la capacitación de las redes locales. Este enfoque responde tanto a las demandas inmediatas como a la necesidad de preparar a las comunidades para futuros retos, construyendo un sistema de atención más inclusivo y adaptativo.
La salud mental no es un concepto estático y aislado, sino un proceso dinámico que se nutre de las redes sociales, los recursos culturales y las experiencias compartidas de las comunidades. Ante una catástrofe, estas conexiones son en un pilar esencial para superar el sufrimiento y transformar la adversidad en un motor de cohesión social y justicia. Potenciar estas capacidades no solo acelera la recuperación, sino que prepara el terreno para un sistema de salud más equitativo, accesible y adaptado a los desafíos de un mundo cambiante. Este enfoque debe ser central al discutir sobre los retos de la salud mental y es con el que estamos comprometidos.
Belén González Callado es Comisionada de Salud Mental