La manera con la que se están comportando todos los agentes involucrados en la sanidad es digna de alabar. Desde los gobiernos, con la guía que establece la Organización Mundial de la Salud (OMS), pasando por las compañías farmacéuticas, hasta llegar a los profesionales sanitarios, todos ellos, sin excepción están dando muestras de una capacidad de reacción admirable.
No han pasado más que cinco meses desde que se diera la alarma acerca de la aparición del nuevo virus y, en este escaso tiempo, todas las organizaciones se han preparado para lo peor. Un escenario que afortunadamente cada vez parece más alejado, pero sobre el que no hay que bajar la guardia, ya que la evolución futura de la pandemia es todavía impredecible.
En sólo cinco meses las compañías farmacéuticas, con la inestimable colaboración de los organismos públicos sanitarios y de evaluación de medicamentos, han puesto sobre la mesa unas vacunas, cuyos primeros datos son prometedores, según ha afirmado Thomas Lonngren, director ejecutivo de la EMEA. E incluso su efectividad podría ser mucho mejor de lo esperado, ya que existe la posibilidad de que se pueda reducir a la mitad el número de dosis necesarias para conseguir una correcta inmunización.
Por su parte, los farmacéuticos se están implicando en la información y formación a los pacientes. Pero no sólo eso, ya que son bastantes los colegios oficiales de farmacéuticos los que colaborarán con las administraciones regionales para la preparación galénica, desde sus propios laboratorios colegiales, de oseltamivir DCI en solución a partir de las reservas a granel existentes del principio activo.
No cabe duda de que las alarmas mundiales anteriores, con el SARS y la gripe aviaria como ejemplos más llamativos, han facilitado la coordinación de las instituciones y han permitido que las compañías farmacéuticas hayan tenido tiempo para perfeccionar sus vacunas prepandémicas. Pero el ejemplo que ha dado al unísono todo el sector sería difícilmente replicable en cualquier otro ámbito diferente al sanitario.