Marta Ciércoles es periodista del diario ‘Avui’
Los usuarios de los centros de salud de la provincia de Gerona a quienes se les expide una receta reciben, desde principios de febrero, una información adicional donde se especifica el precio total de esa medicación, así como la proporción que les corresponde abonar del mismo. La idea del departamento de Salud es que esa especie de factura en la sombra se aplique en toda Cataluña este mismo año y que funcione como medida pedagógica para que el ciudadano tome conciencia del gasto que asume el erario público en el cuidado de su salud. Según ha repetido en diversas ocasiones el nuevo conseller, Boi Ruiz, se trata de borrar de la mente de muchos ciudadanos la idea de gratuidad, la idea de ‘barra libre’ que el conseller considera demasiado extendida, en relación a los servicios sanitarios públicos. El objetivo final es conseguir que la sociedad haga un uso más racional de los servicios. Es decir, evitar los abusos, en caso de que los haya.
No es extraño, entonces, que la idea del departamento de Salud sea ir más allá de las recetas y expedir estas facturas pedagógicas también en el caso de otras prestaciones, como la atención en los servicios de urgencias o las pruebas diagnósticas. La medida, que de hecho ya se puso en práctica durante unos años en la década de los 90, parece, a priori, comprensible e incluso acertada en un momento en que asistimos a unos recortes en servicios y prestaciones públicos nunca vistos, ni imaginados, hasta ahora. Pero más allá del hipotético acierto -si la medida tiene o no el efecto deseado, ya se verá con el tiempo-, cabe hacer algunas consideraciones al respecto.
No soy de las que duda de la eficacia de la medida, al menos no sin haber comprobado su efecto a más largo plazo en relación a la pretendida toma de conciencia de la población. Pero sí creo que hay que ser especialmente cuidadoso en las formas. Pedagogía no debe confundirse con culpabilización. Es decir, que está bien que al ciudadano le dejen bien clarito cuánto cuesta su tratamiento o cuánto cuesta hacerle un escáner, pero eso no significa que deba sentirse en deuda por ello o que alguien le esté haciendo un favor. Planteado de esta forma, la cosa sonaría más a caridad que a servicio público. Porque, al final, resulta que en salud se ha de gastar lo necesario. Ni más ni tampoco menos. Pero eso entra dentro de las prioridades de cada gobierno. Dime de dónde recortas y te diré hacia dónde nos llevas.
En fin, que al final nos podríamos encontrar el caso de una señora -leí este ejemplo en un artículo hace unos días y me pareció muy acertado- ya de cierta edad a la que le recuerdan insistentemente lo mucho que cuesta su medicación crónica, pero a la que nunca nadie le ha reconocido lo mucho que le ahorró a las arcas públicas cuando tuvo que dejar de trabajar para criar a sus hijos y, cuando años más tarde, se dedicó a cuidar abnegadamente de sus ancianos padres.