Alzhéimer: el difícil precio de ser el primero

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La decisión de la Comisión Interministerial de Precios de los Medicamentos de no financiar donanemab y lecanemab ha abierto un debate que trasciende a estos dos fármacos. En realidad, plantea una cuestión mucho más profunda: ¿cómo debe responder un sistema sanitario cuando se enfrenta a la primera generación de tratamientos capaces de modificar, aunque sea modestamente, el curso de una enfermedad devastadora?

Lo llamativo de esta controversia es que todos los protagonistas tienen argumentos legítimos. Los pacientes reclaman una oportunidad donde hasta ahora apenas existían alternativas. Los neurólogos muestran su preocupación porque desaparece una herramienta terapéutica que consideran útil para un grupo muy concreto de pacientes. La industria defiende el valor de una innovación fruto de décadas de investigación. Y el Ministerio de Sanidad recuerda su obligación de garantizar la sostenibilidad del Sistema Nacional de Salud y de exigir una relación razonable entre beneficio, riesgo y coste.

La razón de todos

Todos tienen parte de razón. Porque las cosas cambian cuando cambia la forma en que las miramos. La incertidumbre que para unos justifica la prudencia, para otros representa el espacio natural donde nace toda innovación. La ciencia nunca ha avanzado desde la certeza absoluta. Investigar consiste, precisamente, en recorrer el camino de la incertidumbre para transformarla progresivamente en conocimiento.

¿estamos corriendo el riesgo de convertir la incertidumbre en un argumento de exclusión casi definitivo?

Por eso conviene preguntarse si estamos corriendo el riesgo de convertir la incertidumbre en un argumento de exclusión casi definitivo. Si exigiéramos certezas plenas antes de incorporar cualquier innovación, buena parte de los grandes avances terapéuticos de las últimas décadas nunca habrían llegado a los pacientes.

Eso no significa aceptar cualquier novedad sin condiciones. Significa gestionar la incertidumbre de forma inteligente.

La respuesta probablemente no sea un sí incondicional ni un no rotundo. Existen herramientas para reducir esa incertidumbre: restringir el tratamiento a pacientes cuidadosamente seleccionados, exigir biomarcadores específicos, limitar su utilización a fases precoces de la enfermedad, crear registros nacionales, evaluar resultados en práctica clínica y revisar periódicamente la financiación a la luz de la evidencia acumulada.

"Toda innovación se contempla desde la incertidumbre; la diferencia no está en eliminarla, sino en decidir cómo gestionarla"

La incertidumbre no desaparece, pero puede reducirse de manera responsable. Toda innovación se contempla desde la incertidumbre; la diferencia no está en eliminarla, sino en decidir cómo gestionarla.

El precio de ser el primero

Sin duda, ser el primero tiene un precio. Los primeros tratamientos de una nueva generación siempre ofrecen beneficios modestos, plantean interrogantes y obligan a los sistemas sanitarios a tomar decisiones complejas. Pero ese precio no debería recaer exclusivamente sobre los pacientes mediante la privación del acceso a la innovación.

Nadie sostiene que estos medicamentos curen el alzhéimer. Ese no es el debate. La cuestión es si un retraso en la progresión de la enfermedad o una preservación temporal de funciones cognitivas y de la autonomía personal representan un beneficio clínico suficiente como para merecer una oportunidad bajo criterios estrictos de utilización. Para muchos pacientes y sus familias, unos meses de mayor independencia o de reconocimiento de los seres queridos no constituyen un resultado menor.

"La cuestión es si un retraso en la progresión de la enfermedad o una preservación temporal de funciones cognitivas y de la autonomía personal representan un beneficio clínico suficiente "

La verdadera responsabilidad de los gestores públicos no consiste únicamente en contener el gasto. También consiste en encontrar el equilibrio entre sostenibilidad e innovación. Ajustar los presupuestos, negociar modelos de financiación ligados a resultados, seleccionar adecuadamente a los candidatos y garantizar un uso eficiente de los recursos forman parte de esa responsabilidad.

El difícil precio de ser el primero no debería pagarse renunciando a avanzar. Porque la historia de la medicina demuestra que casi todos los grandes progresos comenzaron siendo imperfectos. Y porque, en ocasiones, el mayor riesgo para un sistema sanitario no es asumir una incertidumbre razonable, sino convertirla en un obstáculo permanente para la innovación.

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