Profarma: el ‘quid pro quo’ que impulsa la inversión farmacéutica

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En política industrial existen pocas certezas. Una de ellas es que ninguna decisión relevante a largo plazo puede depender de normas que cambian cada año. Las inversiones industriales, especialmente en sectores intensivos en conocimiento como el farmacéutico, se planifican con horizontes de diez o quince años.

Una planta de producción, un centro de investigación o una nueva línea biotecnológica no nacen al ritmo de los presupuestos anuales ni de las convocatorias administrativas. Requieren estabilidad, previsibilidad y confianza.

"en sectores intensivos en conocimiento como el farmacéutico, las inversiones se planifican con horizontes de diez o quince años"

Por eso Profarma trasciende con mucho la condición de programa de incentivos. Es, probablemente, el principal instrumento de política industrial específico del sector farmacéutico español. Y precisamente por ello necesita una vocación claramente plurianual.

Conviene recordar cuál es la lógica del programa. El Estado no entrega ayudas indiscriminadas. Lo que hace es reconocer el compromiso de aquellas compañías que producen en España, invierten en investigación, generan empleo altamente cualificado, exportan desde nuestro país y desarrollan capacidades industriales estratégicas. A cambio, esas empresas obtienen una reducción de determinadas aportaciones al Sistema Nacional de Salud. No es un privilegio; es un intercambio de valor. Un auténtico quid pro quo.

Más allá del incentivo

La verdadera importancia de Profarma, sin embargo, no reside únicamente en ese incentivo económico. Su mayor virtud es otra: influye directamente en las decisiones de inversión de las empresas farmacéuticas.

Con demasiada frecuencia se olvida que España no compite sola. Cada vez que una compañía estudia dónde ubicar una nueva fábrica de medicamentos, un centro europeo de I+D o una planta de producción biotecnológica, la decisión no enfrenta únicamente proyectos empresariales. En realidad, compiten países. España se mide con Irlanda, Bélgica, Alemania, Francia, Italia, Suiza o los Países Bajos, todos ellos con políticas activas para atraer inversiones farmacéuticas mediante incentivos fiscales, ayudas a la innovación, disponibilidad de talento, agilidad regulatoria o seguridad jurídica. Incluso una empresa española puede tener incentivos para invertir en otros países de la UE.

En ese escenario, Profarma constituye un argumento de enorme valor para las filiales españolas cuando defienden proyectos ante sus matrices internacionales, o para las decisiones de compañías españolas. La conversación deja de ser únicamente una cuestión de costes laborales o de ubicación geográfica. También puede apoyarse en un programa público que reconoce el compromiso industrial y mejora la competitividad de quienes apuestan por España.

"la verdadera competencia no consiste en mantener las plantas que ya tenemos SINO EN atraer las que todavía no existen y en ampliar las actuales"

Retorno cuantificable

Lo verdaderamente relevante es el retorno que esas inversiones generan para el país. Cada nuevo proyecto industrial supone empleo altamente cualificado, actividad para empresas auxiliares, incremento de las exportaciones, colaboración con universidades y hospitales, desarrollo de investigación clínica, transferencia de conocimiento y una mayor capacidad para fabricar medicamentos estratégicos. Es decir, no se beneficia únicamente la empresa. Se fortalece todo el ecosistema sanitario e industrial.

En un momento en el que Europa insiste en reforzar su autonomía estratégica y recuperar capacidades productivas en sectores esenciales, resulta difícil encontrar un instrumento más alineado con esa visión que Profarma. Precisamente por eso necesita continuidad. La incertidumbre es el peor enemigo de la inversión.

España dispone de excelentes profesionales, centros de investigación de referencia, hospitales punteros y una industria farmacéutica cada vez más competitiva. Lo que necesita ahora es ofrecer un marco estable que permita convertir esas fortalezas en nuevas inversiones.

Porque la verdadera competencia no consiste en mantener las plantas que ya tenemos. Consiste en atraer las que todavía no existen y en ampliar las actuales para reforzar la balanza comercial, claramente positiva de España en las exportaciones de medicamentos.

Y para ganar esa competición internacional no basta con disponer de un buen programa. Hace falta algo mucho más valioso: que las empresas sepan que seguirá existiendo cuando tomen hoy las decisiones que marcarán la industria farmacéutica española de la próxima década. Ese es, probablemente, el mayor valor de Profarma y la razón por la que su estabilidad debería dejar de ser una aspiración para convertirse en una política de Estado.


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