La dispensación de un medicamento a un paciente esconde un mundo. No es solo el acto, en sí, de entregar un tratamiento a alguien que lo necesita. La dispensación es la punta del iceberg del sector farmacéutico y arrastra, tras de sí, investigación, formación, distribución y consejo profesional y, al mismo tiempo, cercano, accesible. Y la farmacia, como punto sanitario en el que, entre otras muchas cosas, se produce este gesto, es mucho más que una oficina.
Sin ir más lejos, en una entrevista que hoy se publica en este periódico, Massimo Mercati, CEO de Aboca, declaraba que la concepción que la compañía tiene de la farmacia es “no solo como un lugar de dispensación, sino también como un espacio capaz de generar investigación clínica”. El concepto que cristaliza de este razonamiento es claro: cada consejo sanitario surge de la evidencia y genera, al mismo tiempo, evidencia para los pacientes, que reciben información rigurosa y adaptada.
Por otra parte, la oficina de farmacia ejerce una labor social crucial en temas tan complejos como la violencia de género. Esta misma semana, en el marco del Día Mundial de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, el Consejo General de Colegios Oficiales de Farmacéuticos (CGCOF) presentó, de manos de su presidente, Jesús Aguilar, la actualización del protocolo de abordaje de esta lacra en las farmacias, en conjunto con las ministras de Sanidad e Igualdad, Mónica García y Ana Redondo, y Carmen Martínez, delegada del Gobierno contra la Violencia de Género, organismo junto al que el Consejo General elaboró el programa.
Como los argumentos se sustentas en datos, ahí va uno: más de la mitad de las farmacias comunitarias del país, más de 14.000 de las más de 22.000 que hay, son puntos violeta. Y los farmacéuticos cuentan con herramientas para acompañar a las mujeres víctimas de violencia de género. El protocolo ofrece recursos para detectar precozmente situaciones de violencia y derivar a recursos especializados, visibilizando además los casos de especial vulnerabilidad en mujeres con discapacidad, con migrantes, del ámbito rural, embarazadas, mayores o en exclusión social.
Y esta labor social se extiende, por ejemplo, al mundo rural. En zonas despobladas, las farmacias ejercen un efecto dinamizador del tejido económico y social, ayudando a fijar población. “Los municipios rurales con farmacia registraron una menor pérdida de población en edad de trabajar y población femenina respecto a aquellos sin farmacia, así como un mejor comportamiento del mercado laboral”, concluye el informe “La aportación de valor del modelo de farmacia a la cohesión territorial y al reto demográfico”, de la consultora Afi y el CGCOF.
Por lo tanto, la dispensación no es un “mero gesto” ni las farmacias se dedican únicamente a dispensar. Cada vez que un paciente entra, sin cita y prácticamente sin esperas, a una farmacia, culmina un proceso que comienza con una idea, con la investigación, y recibe, junto con su tratamiento, la mejor evidencia científica de forma accesible. Cada vez que una víctima de violencia de género entra en una farmacia recibe consejo, apoyo y ayuda en un lugar seguro. Y cada vez que una farmacia rural abre, un día más, sus puertas, ayuda a que esa España que se vacía siga teniendo a los mejores profesionales sanitarios.