En momentos de incertidumbre, autonomía estratégica

El Gobierno considera al sector farmacéutico como una infraestructura crítica, capaz de sostener la respuesta del país ante emergencias sanitarias, como el brote actual de hantavirus

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La pandemia de COVID-19 dejó algo más que una crisis sanitaria: obligó a Europa a mirar de frente una dependencia que llevaba años ignorando. La falta de vacunas, medicamentos y principios activos en los primeros meses de la COVID-19 evidenció hasta qué punto el continente había perdido capacidad industrial en un sector tan estratégico como el farmacéutico. Desde entonces, hablar de autonomía estratégica ya no suena a concepto político abstracto, sino a una necesidad real para garantizar las cadenas de suministro.

La Estrategia de la Industria Farmacéutica 2024-2028 asume precisamente ese cambio de mentalidad y apuesta por el concepto de autonomía estratégica. El Gobierno considera al sector farmacéutico como una infraestructura crítica, capaz de sostener la respuesta del país ante emergencias sanitarias, como el brote actual de hantavirus. La experiencia de la pandemia demostró que disponer de producción nacional no solo permite reaccionar con mayor rapidez, sino también reducir la vulnerabilidad frente a crisis internacionales o interrupciones en las cadenas de suministro.

La creación de la Reserva Estratégica basada en las Capacidades Nacionales de Producción Industrial (RECAPI) va en esa dirección. La idea no es almacenar medicamentos de manera indefinida, sino asegurar que existan capacidades industriales listas para activarse si vuelve a producirse una situación excepcional. El modelo busca que las compañías puedan adaptar parte de su producción de forma rápida y coordinada ante una emergencia sanitaria, evitando los problemas de abastecimiento que se vivieron durante la COVID-19.

Tanto es así que el secretario de Estado de Sanidad, Javier Padilla, insistió en que el debate sobre la autonomía estratégica ha ganado fuerza precisamente por el contexto internacional actual. "Hay veces que conceptos que tienen cierto auge tanto en el debate público como en los desarrollos normativos comienzan a concretarse y sustanciarse gracias a los vaivenes del contexto de cada época", detalló. A su juicio, esto es lo que ha ocurrido con el concepto de autonomía estratégica, “presente en el debate público europeo con gran fuerza después de la pandemia”, como una llamada a recuperar elementos de soberanía industrial y a desarrollar y coordinar capacidades de producción en distintos ámbitos.

A la fragilidad de las cadenas de suministro se suman las tensiones geopolíticas, la pérdida de competitividad de Europa frente a EEUU y China. Todo ello ha acelerado la necesidad de recuperar capacidades propias en sectores considerados esenciales. Pero esta transformación no será posible únicamente con marcos regulatorios. También hará falta más inversión en investigación, mayor colaboración entre administraciones y compañías y marcos europeos capaces de impulsar la innovación. Iniciativas como la 'Misión 100 Días', que plantea desarrollar vacunas y tratamientos en tiempo récord frente a nuevos patógenos, reflejan hasta qué punto la rapidez científica será decisiva en futuras crisis.

La autonomía estratégica no consiste en levantar barreras, sino en estar preparados. La pandemia demostró que los países con capacidad científica e industrial propia respondieron con más eficacia y sufrieron menos dependencia exterior. Por eso, reforzar la industria farmacéutica no es solo una cuestión económica: es una apuesta por la seguridad, la innovación y la capacidad de respuesta de Europa ante un escenario global cada vez más incierto.


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