Europa, y España dentro de ella, ha entendido el problema. El entorno geopolítico ha cambiado, la competencia se ha intensificado y el medicamento se ha convertido en un activo estratégico. El diagnóstico, compartido entre administraciones e industria, es claro.
La verdadera pregunta es otra: si sabemos lo que está ocurriendo, ¿por qué resulta tan difícil actuar en consecuencia? Porque muchas de las soluciones que hoy vuelven al debate no son nuevas. Estrategias farmacéuticas, incentivos a la innovación o la necesidad de mayor previsibilidad regulatoria llevan años sobre la mesa. El problema no ha sido la falta de ideas, sino la dificultad para ejecutarlas con continuidad, coherencia y velocidad. Europa no está perdiendo terreno por falta de análisis, sino por una brecha persistente entre la ambición y la ejecución.

Esa brecha tiene consecuencias reales. Para la industria farmacéutica, no se trata solo del tamaño del mercado o de la calidad científica, sino de la confianza en el entorno. Y esa confianza se construye sobre la previsibilidad. Cuando los marcos cambian, los tiempos de acceso se alargan o las condiciones económicas son difíciles de anticipar, el mensaje que reciben las compañías es ambiguo. No es un rechazo a la inversión, pero tampoco una invitación clara.
En este contexto, la credibilidad se convierte en un activo crítico. Y es ahí donde Europa, y países como España, se juega algo más que su competitividad: su capacidad de seguir siendo un destino fiable para la inversión a largo plazo.
El contraste con Estados Unidos es evidente, no solo por el volumen de recursos, sino por la ejecución. Allí, las políticas se despliegan con rapidez, alineación y claridad. En Europa, los tiempos de decisión e implementación siguen desacompasados respecto a la velocidad del entorno. Y en un sector donde las decisiones de inversión se toman hoy para materializarse dentro de años, esa diferencia pesa.
Al mismo tiempo, centrar el análisis únicamente en Estados Unidos puede ser insuficiente. China está consolidando un modelo cada vez más competitivo en innovación, producción y ensayos clínicos. Mientras Europa debate cómo reforzar su autonomía estratégica, otros la están ejecutando. El nivel de exigencia ya no es europeo, es global.
España parte de una posición sólida ,especialmente en investigación clínica, pero esa posición no está garantizada. Otros países están reaccionando con incentivos concretos, mientras que el riesgo aquí es confiar en inercias que pueden debilitarse si no se refuerzan.
A esto se suma un factor menos visible, pero cada vez más relevante: cómo están evolucionando los centros de decisión dentro de las propias compañías multinacionales. Las direcciones de las filiales son hoy más globales, con perfiles que rotan entre países y operan en ciclos más cortos. Esto aporta una visión internacional, pero también hace que cada decisión de inversión se valore cada vez más frente a otros países, y menos en función de la trayectoria de la compañía en el mercado local.
En ese contexto, las inversiones compiten dentro de estructuras globales donde cada proyecto se mide frente a alternativas en distintos mercados. Y cuando las decisiones son más comparativas, el entorno local debe sostener por sí solo su propuesta de valor. La estabilidad, la claridad regulatoria y la agilidad dejan de ser ventajas y pasan a ser condiciones necesarias.
Los casos de éxito demuestran que Europa puede atraer inversiones relevantes e incluso posicionarse como hub internacional en determinadas áreas. Pero no ocurre por defecto. Requiere un entorno competitivo y, sobre todo, consistente en el tiempo.
Por eso, el debate ya no debería centrarse en qué hacer, sino en cómo hacerlo de forma efectiva. Más que diseñar nuevas estrategias, el reto es ejecutar las existentes con disciplina. Ofrecer estabilidad regulatoria real, alinear incentivos con resultados y, sobre todo, competir en tiempos. Porque hoy la velocidad también es política industrial.
Y, sobre todo, cambiar la referencia. Europa no puede seguir comparándose únicamente consigo misma. El estándar es global, y la competencia por la inversión también.
En última instancia, el verdadero test no es si el diagnóstico es correcto ,que lo es, sino si somos capaces de traducirlo en señales claras y consistentes para quienes toman decisiones de inversión. Porque en este nuevo entorno, la credibilidad no se construye con estrategias, sino con hechos. Y será esa credibilidad la que determine si Europa sigue siendo parte de la conversación global en innovación farmacéutica… o empieza a quedarse atrás.
*Roberto J. Urbez es expresidente de BMS España y Portugal y Gilead Sciences en sur de Europa y Oriente Medio. Ha sido vicepresidente de Farmaindustria y presidente de la Asociación de Compañías Farmacéuticas Americanas (LAWG).