La comparación entre las elecciones colegiales de Madrid y Valencia, que se han realizado en un plazo inferior a un mes, resulta inevitable. No por el resultado final, que probablemente era el esperado en ambos casos, sino por lo que esos procesos revelan sobre la implicación profesional, la cultura colegial y, sobre todo, la calidad democrática de dos modelos muy distintos de entender la organización farmacéutica.
En Madrid, la candidatura ganadora obtuvo una mayoría aplastante, superior al doble de los votos conseguidos por las dos candidaturas opositoras juntas. En Valencia, la victoria también fue clara, aunque con cifras muy notables para las candidaturas alternativas, lo que refleja un escenario más competitivo y una mayor movilización electoral. Hasta aquí, todo entra dentro de la normalidad democrática. Las urnas hablan y conviene respetar siempre el veredicto de los colegiados. El problema no está en quién gana, sino en cuántos participan y en cómo se organiza esa participación.
El dato verdaderamente decisivo es el porcentaje de votación. Madrid apenas alcanzó un 14% de participación. Valencia superó al 44%. La diferencia no es estadística; es cultural. La farmacia madrileña cuenta con unas 2.950 oficinas de farmacia, con más de 14.000 colegiados. En Valencia, con 1.242 farmacias, y más de 5.000 colegiados, los votos prácticamente duplican el número de establecimientos.

La conclusión da que pensar: en Valencia existe una elevada motivación corporativa, mientras que en Madrid domina una preocupante desafección. Muchos farmacéuticos madrileños ni siquiera sabían que había elecciones en abril. Y cuando una parte significativa del censo profesional desconoce que está eligiendo a sus representantes, el problema deja de ser electoral para convertirse en institucional.
También merece comparación el sistema electoral. Valencia ha desarrollado un procedimiento sencillo y enormemente eficaz. Cada colegiado recibe documentación acreditativa de su inclusión en el censo y dispone de un sistema de voto por correo claro, accesible y seguro, con depósito notarial de todos los sufragios. Se facilita votar. Y cuando votar resulta fácil, la participación aumenta.
Madrid, en cambio, mantiene un sistema mucho menos accesible y comunicativamente más pobre. La consecuencia es evidente: baja participación y sensación de lejanía institucional.
Las diferencias también fueron visibles en la actuación de las mesas electorales. La mesa valenciana informó constantemente sobre requisitos de voto activo y pasivo, resolvió incidencias y mantuvo una comunicación continua con los colegiados. Hubo transparencia y pedagogía electoral. En Madrid, inicialmente ni siquiera se informó públicamente de la composición de la propia mesa electoral. Puede parecer un detalle menor, pero no lo es.
Todo ello conduce inevitablemente a una reflexión sobre la calidad democrática comparada de ambos procesos. Valencia proyecta una imagen de colegio vivo, competitivo, participativo y profundamente arraigado en una tradición histórica extraordinaria, no en vano su primera creación fue en año 1441.
Madrid representa otra realidad: una farmacia enorme, económicamente poderosa y técnicamente avanzada, pero donde la participación electoral refleja una preocupante distancia entre institución y colegiados. Quizá no sea un problema de personas ni de candidaturas. Tal vez sea, sencillamente, un problema de modelo. Y los modelos, como los medicamentos mal ajustados, acaban mostrando antes o después sus efectos secundarios.
*Enrique Granda es académico correspondiente de las Reales Academias de Cataluña y Nacional de Farmacia.