“En pacientes con trastorno de espectro autista (TEA), se ha hallado una baja ingesta de calcio, hierro y grasas, además de un déficit de ciertas vitaminas como B6, A, C y D”. Una alteración que ha hecho que, en los últimos años, tal y como ha explicado César Sánchez, de la sección de Gastroenterología y Nutrición Pediátrica del Hospital General Universitario Gregorio Marañón, “la intervención nutricional en estos niños sea una de las bases de su tratamiento y, sobre todo, la base también de numerosas líneas de investigación”.
Durante su intervención en las 17º Jornadas de Nutrición Práctica, celebradas conjuntamente con el 9º Congreso Internacional de Nutrición, Alimentación y Dietética en la Universidad Complutense de Madrid (UCM), Álvarez señaló que los problemas de conducta de los pacientes con TEA “pueden enmascarar los síntomas gastrointestinales que sufren”, un problema que hace necesario que los profesionales controlen de una manera especial las dietas de estos pacientes. Además, en ocasiones, dadas las características del TEA, es también complicado que el paciente acceda por sí mismo a nuevas experiencias como la degustación de comidas desconocidas e incluso algunos rechazan determinados alimentos por su textura o su color debido a que sufren también hipersensibilidad sensorial, un síntoma muy común en los pacientes TEA.
De estos “desórdenes alimenticios”, los más habituales son el estreñimiento y el dolor abdominal, sufrido por el 30,15 y el 28,8 por ciento de los pacientes con TEA respectivamente. Ya con una menor prevalencia, aparecen síntomas como los vómitos (17,8 por ciento), la diarrea (16,4 por ciento), el rechazo alimentario (12,3 por ciento) y la intolerancia a los alimentos (11 por ciento).
Bebidas fermentadas “saludables”
La arterioesclerosis y, sobre todo, cómo prevenirla, ha sido otro de los temas protagonistas de este Congreso ya que, tal y como ha destacado Lina Badimón, directora del Centro de Investigación Cardiovascular (CSIC-ICCC) del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, si bien “hay factores de riesgo que no podemos controlar como el género, la edad o la historia familiar”, hay otros como la obesidad, el tabaco, el sedentarismo o la nutrición que sí se pueden modificar.
En su ponencia, Badimón ha presentado una serie de estudios epidemiológicos que respaldan los efectos beneficiosos asociados al consumo de bebidas fermentadas sobre la salud cardiovascular. “El consumo moderado de alcohol, entre 10 y 30 gramos por día, se ha asociado a un menor riesgo de infarto de miocardio o muerte en estudios poblacionales, en poblaciones con grave riesgo de enfermedad cardiovascular y en pacientes con enfermedades coronarias conocidas”, ha asegurado.
Pero no solo se han encontrado beneficios en el alcohol. Tal y como ha destacado Badimón, estudios clínicos y experimentales realizados en estos últimos años han respaldado que “los componentes no alcohólicos presentes en las bebidas fermentadas también desempeñan un efecto crucial en estos efectos protectores”. Así, por ejemplo, se ha demostrado una mejora de los niveles de lípidos séricos, fundamentalmente un incremento de las lipoproteínas de alta densidad o HDL, una disminución de la agregación plaquetaria, un aumento de la fibrionólisis o disolución del coágulo, una reducción de los marcadores de inflamación, una mejora de la función endotelial y un incremento de la capacidad antioxidante.
Unos resultados interesantes a los que hay que añadir otra serie de investigaciones recientes que “han sugerido un efecto directo del consumo de alcohol en la protección cardíaca tras sufrir un daño miocárdico”, ha apostillado esta científica. De momento, eso sí, se desconocen tanto los mecanismos implicados en dicha cardioprotección como la repercusión del consumo moderado de bebidas fermentadas sobre el posterior remodelado cardiaco.