Sergio Alonso es redactor jefe de ‘La Razón’
Donde dije digo, digo Diego. El documento de Pacto de Estado sobre la sostenibilidad del sistema sanitario va a experimentar algunos cambios durante las próximas semanas. Era previsible. Acuciadas por un déficit y una falta de ingresos galopantes para hacer frente incluso a tareas tan elementales como la asistencia o el pago de las nóminas, las comunidades autónomas se han negado a tragar con el primer borrador elaborado por el Ministerio de Sanidad e iniciaron desde antes de Navidad un movimiento dirigido a empujar al departamento de Trinidad Jiménez a mojarse con medidas concretas e incluso impopulares, que afecten a todos los sectores sanitarios en el recorte del gasto. Aunque la presión de los feudos populares encabezados por Madrid está siendo fuerte, los territorios gobernados por el propio PSOE son posiblemente los más quejosos y, desde luego, los que llevan la voz cantante en el intento de reelaborar el texto. En este contexto hay que situar las últimas peticiones de Marina Geli en un acto de PricewaterhouseCoopers, acerca de la necesidad de fomentar una mayor presencia del sector privado en parcelas como la dependencia, sus lamentos sobre la insuficiencia de la financiación sanitaria, y sus actuaciones para resucitar la llamada ‘Comisión Vilardell’. El otro flanco socialista que trata también de empujar al ministerio hacia escenarios más arriesgados y, a la vez, más realistas, es Fernando Lamata, considerado por los sanitarios y consejeros autonómicos socialistas como el verdadero referente intelectual de lo que se debe hacer. Desde luego, no les falta razón.
Con todo, la tendencia natural del Ministerio de Sanidad y Política Social es a resistirse. En contra de las pretensiones de las autonomías, que a fin de cuentas son las que gestionan, juegan el escenario y los tiempos políticos, que no favorecen precisamente las revoluciones, las medidas draconianas y las innovaciones. Nadie espere por ello que el cacareado pacto, a pesar de los cambios, vaya a ser una suerte de informe ‘Abril Martorell II’, ni nada que se le parezca. A falta de poco más de dos años para las elecciones, y con una Jiménez que sube vertiginosamente por la escarpada cúspide de un Gobierno carente de talentos, parece poco probable que el ministerio que encabeza acepte convertirse en el centro de las dianas y ser la imagen de los recortes sanitarios en los tiempos de crisis. Desde luego, ninguno de los altos cargos que hoy acompañan a la ministra desea arder en la pira de la opinión pública, aunque sea por el bien del sistema sanitario. Sobre todo, ante la posibilidad de que la ministra se eleve hasta altares más elevados. Así pues, lo lógico es que sean tenidas en cuenta algunas de las pretensiones autonómicas socialistas, pero seguramente, no se incorporarán al texto ni las más importantes, ni las más sangrantes para el conjunto de la población. El partido, además, tampoco admitirá juegos florales ni polémicas, sabedor del daño que la crisis le está haciendo en las encuestas y del distanciamiento que mantiene con el PP. La revolución que esperaban algunos, tendrá que esperar.
Preguntas sin respuesta
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