El sector debe aparcar sus rencillas y actuar al unísono para frenar posibles iniciativas erróneas
¿Cómo es posible que la industria debata aún la conveniencia de divulgar a la prensa informaciones sobre el medicamento o la puesta en marcha de centros de producción o investigación?
¿Qué patronal está siendo elogiada por varios laboratorios ante los logros que ha conseguido recientemente para sus asociados?
¿Qué sanitario cuyo apellido empieza por Z fue el elegido para sustituir a un alcalde y liderar un proceso de fusión fría? ¿Por qué no ha cuajado la iniciativa?
¿Qué mujer de la industria tiene acceso abierto a las mismas puertas de autoridades sanitarias que están bloqueadas para otros miembros de su sector?
En esta vida nada es gratis, y los rescates, aunque de momento sean solo financieros, menos. España va a tener que pagar un alto precio por la línea de crédito que le ha abierto el Eurogrupo para sanear el sector bancario. Pagará menos que si hubiera tenido que captar directamente los recursos en unos mercados que nos miran con recelo, pero más de lo que sus depauperadas arcas le permiten. El coste de la ayuda recibida será doble. Por un lado, habrá que devolver el principal con los pertinentes intereses, suavizados hasta el 3 por ciento. Esto implicará, por tanto, más deuda. Por otro, nuestra política financiera será dictada desde una Europa que aprovechará su nueva posición de privilegio para susurrar también sus recetas en materias en las que el Gobierno conserva a priori su soberanía, como la presupuestaria o la fiscal. El escenario en el que se ha adentrado España conduce a ajustes, ajustes y más ajustes, para escapar a toda prisa de la peligrosa senda en la que lleva años introduciéndose el país. ¿Qué ha de hacer el sector sanitario si quiere salir ileso de la quema y contribuir de paso a la sostenibilidad de una España que se encuentra herida? Unirse, protagonizar un ejercicio de responsabilidad que constituya un ejemplo frente a otros sectores, cambiar radicalmente de actitud, adelantarse para ofrecer soluciones y meter el dedo en una llaga generadora de gasto en la que pocos parecen haber reparado todavía: la de la gestión.
El sector debe aparcar por un tiempo sus rencillas y actuar al unísono para frenar posibles iniciativas erróneas por parte de una administración que actúa a la desesperada. El sistema, tal y como está configurado ahora, tiene mucho margen de ahorro y de mejora. Eliminando las ineficiencias, las administraciones reducirán costes y se evitará una nueva ronda de ajustes que secaría definitivamente a sectores como el del medicamento o el profesional. ¿Por qué bajar más el sueldo a los médicos si la movilidad entre centros de una misma comunidad puede reportar ahorros cuantiosos al cercenar las contrataciones innecesarias? ¿Para qué meter una estocada descomunal a, pongamos, el gasto farmacéutico hospitalario, cuando podrían atajarse los gastos corrientes mediante, por ejemplo, medidas de racionalización energética? ¿Por qué construir hospitales gigantes e ingobernables cuando la tendencia apunta a centros más pequeños, manejables y dirigidos a agudos reales, no a crónicos, para los que pueden habilitarse otros dispositivos más acordes con sus necesidades y más baratos? Las medidas de mejora de la eficiencia son múltiples y el sector debe hacer bandera de ellas ante las autoridades. No es de recibo que compañías, boticarios y profesionales caminen con la carga de los ajustes mientras el dinero se pierde a espuertas por culpa de la estulticia de las administraciones sanitarias y de un sistema obsoleto que nadie tiene a bien cambiar. Centrales de compra, externalización de servicios, cobro de aparcamientos y de hostelería, supresión de puestos innecesarios, como el de costurera, siguiendo la estela de Madrid... Las posibilidades de ahorro son casi infinitas.