La dramática evolución de la deuda en los mercados harán que la vuelta del verano vaya a ser muy dura
¿Qué CEO de un laboratorio se ha revelado como un tirano y desprecia a las autoridades del Ministerio de Sanidad, a las que atribuye “escaso peso y relevancia”?
¿Qué sociedad científica ha empezado a suscitar múltiples recelos en sus tradicionales financiadores? ¿Aprovecha alguno de los miembros de su junta directiva los contactos de la sociedad con la industria para asuntos personales?
¿Qué ex alto cargo sanitario odia a la consejera destituida por la persecución a la que fue sometido por ella?
¿Qué comunidades del PP quieren que Sanidad autorice el cobro por consulta y por urgencias?
Aunque pueda parecer lo contrario al fallar de forma clamorosa su ministerio en el ejercicio de la pedagogía, la ministra de Sanidad, Ana Mato, se ha convertido en los poco más de seis meses que lleva en el cargo en el principal freno para la llegada de nuevos y verdaderamente extremos recortes en el sector sanitario. Desde el minuto uno de su aterrizaje en el Paseo del Prado, Mato ha echado pulsos con Cristóbal Montoro, se ha pegado con otros compañeros suyos de partido defensores de meter la tijera hasta el fondo, y ha impedido, a veces con vehemencia, que medidas muy impopulares y verdaderamente severas se aplicaran en el sector. En pocas palabras: no ha estado dispuesta a que el cumplimiento del déficit se hiciera a costa de la misma Sanidad que se encuentra representada en su persona. Pese a la firmeza mostrada hasta ahora, y desconocida para el gran público y los profesionales sanitarios, la pregunta que surge es si la ministra podrá mantenerla durante mucho más tiempo, impidiendo lo que parece inevitable.
Mi vaticinio es que no. El repaso de algunas de las estadísticas macroeconómicas de España en los meses de mayo y junio, y la dramática evolución de la deuda en los mercados permiten concluir que la vuelta del verano va a ser dura, muy dura. Verdaderamente dura en Sanidad. Eso, si el Gobierno no tiene que actuar antes de nuevo en este área. ¿Por qué? Las razones son varias. La primera se refiere al ya mencionado déficit. En mayo, el Estado prácticamente había alcanzado el objetivo fijado para todo el año. Esto es un drama, porque evidencia la imposibilidad de la administración de generar ingresos por culpa del derrumbe de la actividad empresarial y de la caída en picado del consumo, y siembra nuevas dudas sobre la capacidad del reino de España para cumplir sus compromisos, lo que deriva en una mayor desconfianza aún de los inversores. El asunto es que harán falta nuevos ingresos y un mayor recorte de gastos, y la Sanidad, como responsable del 40 por ciento de los presupuestos autonómicos, tiene todas las papeletas para ser objeto de los ajustes en ciernes.
La segunda razón para ser negativos y pesimistas tiene que ver con la deuda y el llamado riesgo país. Desactivado el efecto de la cumbre europea para el rescate bancario por las incertidumbres que rodean al mismo y la falta de concreción en muchos de los ajustes anunciados, la prima de riesgo se ha vuelto a situar por encima de los 500 puntos y el bono a diez años frisa el 7 por ciento. A la vista de tan altos intereses, a España no le queda otra que detraer dinero de partidas ya existentes para poder pagar la tarta creciente de la deuda. Como apenas hay ingresos, es fácil concluir de dónde procederán los ajustes adicionales que habrá que poner en marcha para frenar la sangría.
Aunque gran parte del sector pueda llevarse las manos a la cabeza ante lo que llega, no conviene dar la espalda a la evidencia ni mirar las cosas desde una perspectiva positiva. Siempre será mejor el sacrificio negociado antes que el rescate impuesto desde Bruselas.