A diferencia de otros políticos y gestores de la Sanidad, Cervera nunca escogió el camino fácil
¿Qué foto que circula en Internet explica muchas cosas de lo que sucede en una corporación de derecho público?
¿Por qué no asesoró Rafael Bengoa a José Luis Rodríguez Zapatero en vez de a Barack Obama en materia sanitaria, a la vista de la situación en la que ha quedado la Sanidad tras el gobierno del PSOE?
¿Qué laboratorio farmacéutico está celoso con la foto de la ministra de Sanidad, Ana Mato, con el presidente de Lilly para España, Portugal y Grecia, Javier Ellena?
¿Qué laboratorio farmacéutico está muy enfadado con la jefa de gabinete de Ana Mato? ¿Por qué?
Los asiduos que leen con paciencia de santos esta tribuna desde hace años saben perfectamente que no me prodigo en loas, al contrario, se podrían contar con los dedos de la mano. Recuerdo que hace años salí en defensa de Mario Mingo cuando era objeto de un ataque político teledirigido e interesado desde su querido Torrelodones. El tiempo me dio la razón. Del cirujano del PP se podrá decir todo lo que se quiera, pero nadie podrá negar que es un hombre honrado hasta la médula. También he aprovechado este espacio que de forma tan gentil me brinda Santiago de Quiroga para ensalzar varias veces el papel de dos médicos que pasarán a la historia de la política sanitaria española: Carlos Amaya y Julio Zarco. Si el primero siguiera al frente de la CESM ningún movimiento asambleario iría hoy por delante de la confederación sindical, ni de Amyts, sino muy por detrás. Del segundo, baste comparar su gestión y la de sus sucesores en Semergen para valorar en su justa medida lo que hizo al frente de esta sociedad científica.
Hoy voy a romper otra lanza en favor de un personaje que se encuentra de capa caída y que siempre ha provocado filias y fobias en la Sanidad: Santiago Cervera. El ya ex diputado pertenece a esa clase de tipos que no dejan indiferente a nadie porque, como buen navarro, piensa lo que hace y hace lo que piensa, y eso siempre genera anticuerpos. Le conocí por 1996, cuando era portavoz del Gobierno de la Comunidad Foral y consejero de Salud, y después seguí su carrera como gerente del CNIC y en MSD. Cuando trabajaba en este laboratorio tuvo la deferencia de contarme que le había llegado una oferta del PP para ser diputado en la oposición y me pidió opinión acerca de si daba el salto. Baste decir aquí que optó por darlo a costa de sacrificar una parte importante de su salario. A diferencia de otros políticos y gestores de la Sanidad, Cervera nunca escogió el camino fácil. En Navarra, se echó encima a todos los farmacéuticos al aprobar una de las leyes liberalizadoras más duras que se recuerdan. Podía haber aprovechado el cargo para dar empaque a su imagen, como hacen muchos otros consejeros, pero no lo hizo, lo que dice mucho de su personalidad. En el CNIC se topó con la doble disyuntiva a la que se enfrenta un político con responsabilidades gestoras: la de no hacer nada y quedar bien con todos, o la de implicarse a tope y corregir la situación de una institución que iba encaminada hacia la quiebra por culpa de los costosos caprichos de un conocido científico que aportó el nombre y poco más a la investigación cardiovascular en España. Fiel a Ana Pastor, eligió la senda más abrupta, granjeándose enemigos, pero rescató del abismo el centro investigador. Actuó igual en su grupo parlamentario y eso, a veces, rompe esquemas y choca con las mentalidades dominantes. Quiero creer que en el affaire de la Caja de Navarra le picó la curiosidad y cometió una imprudencia. Quiero creer algo que siempre pensé de él: que es un hombre honrado. En estos momentos difíciles, sigo poniendo la mano en el fuego por el ya ex político. No creo equivocarme.