La reciente decisión del gobierno de Estados Unidos de cancelar cerca de 600 proyectos de investigación relacionados con la COVID-19, junto con otras iniciativas en temas como diversidad, identidad de género o cambio climático, ha encendido todas las alarmas en la comunidad científica. No se trata simplemente de un ajuste presupuestario, sino de una señal preocupante: los criterios ideológicos están desplazando a la evidencia científica en la definición de prioridades sanitarias.
Nuevas pandemias
En algunos casos, el recorte afecta al desarrollo de potenciales antivirales ante nuevas pandemias. El argumento para esta cancelación de programas sorprendente por lo absurdo que resulta, ya que se afirma la "pandemia ha terminado". Esta afirmación ignora que el SARS-CoV-2 es ahora endémico, y como afirmaba en una editorial el New England J. Of Medicine, "una pandemia nunca acaba del todo".
El recorte de 577 millones de dólares en el programa de desarrollo de antivirales frente a virus con potencial pandémico es una pésima noticia para el mundo. A pesar de que la pandemia de COVID-19 dejó lecciones duras sobre la importancia de la prevención y la preparación, se opta ahora por desmantelar buena parte de la infraestructura científica creada para ello. Aún mueren cientos de personas cada semana por COVID-19 solo en Estados Unidos.
Investigaciones prescindibles
Pero lo más inquietante es la forma en que se ha presentado este recorte. En una misma categoría de "investigaciones prescindibles" se incluyen proyectos sobre SARS-CoV-2, estudios en China, diversidad, equidad e inclusión (DEI), cuestiones transgénero o cambio climático. Como si fueran parte de una misma narrativa a erradicar, no se diferencia entre investigaciones con impacto directo en la salud pública y otras que pueden generar más debate político o cultural. Ni siquiera tiene explicación su mezcla desde un punto de vista político e ideológico.
"sin ciencia independiente, la salud pública pierde su mejor defensa"
Suplantar a la ciencia
Recordemos lo que ocurre cuando los líderes políticos intentan suplantar a la ciencia. En 2020, durante una rueda de prensa, el entonces presidente Donald Trump sugirió la posibilidad de inyectar desinfectante en el cuerpo como tratamiento contra la COVID-19. La mirada estupefacta de su asesora, la doctora Deborah Birx, se convirtió en un símbolo de lo que ocurre cuando se ignora a los expertos.
No es preciso recordar que muchas de las decisiones tomadas en muchos Gobiernos sin los expertos, y sólo con intereses políticos, resultaron infructuosas, ineficaces, absurdas o carentes de sentido.
Hoy, las decisiones vuelven a alejarse del criterio científico. Y si además el Secretario de Estado de Salud Pública de Estados Unidos ha sido un declarado anti vacunas, ¿qué puede salir mal?
El verdadero riesgo no es solo el retroceso en investigación, sino el precedente: permitir que la ciencia se subordine a agendas ideológicas es muy peligroso para el avance de la sociedad. Porque sin ciencia independiente, la salud pública pierde su mejor defensa.