Las 10 claves de la cooperación farmacéutica: una nueva muestra del papel social de la Farmacia

El CGCOF presenta un decálogo con las claves para garantizar una cooperación farmacéutica ética, sostenible y alineada con las necesidades reales de las poblaciones vulnerables

Farmacia Hospitalaria
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El Consejo General de Colegios Farmacéuticos refuerza el papel asistencial y social de la profesión en el ámbito humanitario con la presentación de la “Guía de Buenas Prácticas en Cooperación Farmacéutica”, un documento elaborado junto a Farmamundi y Fundación El Alto que busca consolidar la cooperación como una línea estratégica dentro del ejercicio farmacéutico.

La guía —que cuenta con la colaboración de Laboratorios Cinfa— nace con el objetivo de “ayudar a la profesión farmacéutica a dar los primeros pasos en el camino de las labores humanitarias y consolidar esta práctica en la profesión, reforzando la figura del farmacéutico en la atención a los colectivos en situación de vulnerabilidad y en contextos de crisis o emergencias”. El documento también permite “comprender qué significa la cooperación farmacéutica, cuáles son sus fundamentos y cómo se gestionan los proyectos de cooperación”.

Uno de los ejes conceptuales que vertebra el texto es la necesidad de impulsar intervenciones alejadas del eurocentrismo. Así, la guía promueve la cooperación “desde el reconocimiento de los saberes y las capacidades locales, evitando el eurocentrismo y fomentando la participación activa de las entidades locales”.

Un decálogo para una cooperación ética y sostenible

Como desarrollo práctico, el Consejo General ha elaborado un decálogo que recoge los principios fundamentales para garantizar que las acciones en este ámbito sean “adecuadas, éticas, sostenibles y respetuosas con los contextos donde se desarrollan”.

1. Acceso a la salud en condiciones de equidad como motor y propósito

El primer principio establece que se debe “garantizar que toda persona, sin importar su contexto, pueda ejercer su derecho a la salud mediante un acceso oportuno y equitativo a medicamentos esenciales y a servicios sanitarios de calidad”. Este compromiso implica “eliminar barreras económicas, geográficas y culturales, promover el uso racional de los medicamentos y desarrollar acciones de educación sanitaria y prevención adaptadas cultural y lingüísticamente”.

2. Gestión de medicamentos con estándares de calidad y responsabilidad

La guía subraya la importancia de “planificar y ejecutar todas las fases del ciclo del medicamento —desde la selección y adquisición hasta la distribución, dispensación y posterior gestión de los residuos farmacéuticos y sanitarios— con criterios técnicos rigurosos y adaptados al contexto de intervención”. Además, estas actuaciones deben estar “alineadas con los principios de One Health y salud planetaria”, aplicando “sistemas de trazabilidad, control de calidad y farmacovigilancia”, garantizando “condiciones óptimas de transporte y almacenamiento” y cumpliendo “estrictamente la normativa nacional e internacional y las directrices sobre donaciones responsables”.

3. Enfoques transversales y principios éticos en todas las fases

El documento apuesta por “superar enfoques verticales y asistenciales, promoviendo alianzas horizontales basadas en el respeto mutuo”, e insta a aplicar de forma constante “los enfoques de derechos humanos, género, edad y diversidad; salud en todas las políticas; sostenibilidad ambiental y reducción de riesgos de desastres”.

4. Adaptación y respeto cultural y contextual

Antes de intervenir, se debe “estudiar y comprender a fondo el entorno social, cultural, normativo y epidemiológico”. Esto supone “adaptar protocolos, materiales formativos y estrategias de comunicación al contexto local y trabajar con mediadores culturales cuando sea necesario”, garantizando así “la pertinencia, aceptación y efectividad de las acciones”.

5. Pertinencia y demanda social de las intervenciones

Cada proyecto debe “responder a necesidades reales identificadas por la población beneficiaria y las autoridades locales y no solo por agenda externa”. Para ello, se requieren “diagnósticos participativos, alineamiento con políticas públicas y flexibilidad para adaptar la respuesta a cambios en el contexto o en las prioridades comunitarias”.

6. Fortalecimiento de capacidades y liderazgo comunitario

La cooperación debe “impulsar el desarrollo de competencias técnicas, organizativas y de gestión en el personal sanitario y en las organizaciones locales para garantizar la calidad y continuidad del servicio farmacéutico tras la intervención”. Esto incluye “la transferencia de conocimientos, el fortalecimiento de redes y estructuras y el trabajo coordinado con autoridades sanitarias, universidades y comunidades locales”.

7. Coordinación y trabajo en red con actores especializados

El texto insiste en “promover un diálogo constante y transparente con organismos internacionales, ONG, redes profesionales, agencias gubernamentales y comunitarias”, evitando “la fragmentación, el solapamiento y la competencia entre actores”. Esta coordinación permite “optimizar recursos, garantizar la coherencia de las intervenciones y alinearlas con las prioridades locales, regionales y globales”.

8. Mirada puesta en la sostenibilidad de las intervenciones

Los proyectos deben diseñarse “con una visión de largo plazo que incorpore planes de mantenimiento, reposición y formación continua”, priorizando “la apropiación local, el fortalecimiento institucional y el empoderamiento comunitario”, con el objetivo de “sostener los logros alcanzados sin dependencia de ayuda externa”.

9. Seguridad, preparación y autocuidado del personal cooperante

La guía señala que “la persona farmacéutica cooperante debe prepararse y planificar su intervención de forma rigurosa, adquiriendo la formación y las competencias necesarias”, priorizando “la seguridad, la aplicación de protocolos claros y el respeto a las costumbres locales”, además de adoptar “estrategias de autocuidado físico y mental que prevengan el desgaste profesional y faciliten una adecuada reincorporación tras la intervención”.

10. Evaluación y mejora continua

Por último, se insta a “establecer mecanismos de seguimiento y evaluación desde el inicio que permitan medir el impacto real de las acciones, detectar áreas de mejora e incorporar las lecciones aprendidas en el diseño de futuras intervenciones”, asegurando así “una mejora progresiva de la calidad, la eficacia y la sostenibilidad de los proyectos”.

Con esta guía, el Consejo General sitúa la cooperación farmacéutica no como una acción puntual, sino como una dimensión estructural del ejercicio profesional, alineada con los principios de equidad, calidad asistencial y sostenibilidad que definen el presente y el futuro de la farmacia en el ámbito sanitario global.


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