La resistencia a los antibióticos es un problema mundial. Así lo reconoce la Organización Mundial de la Salud (OMS). El pasado mes de octubre, la entidad presentó el Informe mundial sobre la resistencia a los antibióticos 2025, que explica, por primera vez, estimaciones sobre la prevalencia de esta problemática en 22 medicamentos que habitualmente se usan para abordar infecciones urinarias y gastrointestinales, en el torrente sanguíneo y la gonorrea.
Según este documento, una de cada seis infecciones bacterianas que provocaron infecciones habituales en los pacientes fueron resistentes a los antibióticos en 2023. Es más, entre 2018 y 2023, la resistencia antimicrobiana aumentó en más del 40% de las combinaciones patógeno-antibiótico que se analizaron, con un incremento anual medio de entre el 5 y el 15%. Así, la OMS destacó que los datos comunicados al Sistema Mundial de Vigilancia de la Resistencia a los Antimicrobianos y de su Uso, de dicha entidad, por más de un centenar de países son una advertencia del incremento de la resistencia a los antibióticos esenciales, lo que constituye “una amenaza creciente para la salud mundial”.
Una de las claves para la lucha contra la amenaza de la resistencia antibiótica es el uso adecuado de los medicamentos, que cristaliza en programas de gestión antimicrobiana. Estos programas se encuentran inmersos en un contexto de desafíos que afrontan todos los sistemas sanitarios. Y ha sido la Federación Farmacéutica Internacional (FIP, por sus siglas en inglés) una de las organizaciones que ha desgranados los retos a los que se enfrentan estas iniciativas.
El primero de ellos es la falta de personal formado y de recursos. Se estima que la escasez de profesionales sanitarios en el mundo asciende a la cifra de 11 millones, lo que afecta a la capacidad de implementación de los programas de gestión. Esta falta de trabajadores incluye a farmacéuticos clínicos, microbiólogos y especialistas en enfermedades infecciosas, sobre todo en países de menores recursos.
Y las limitaciones en cuanto a la economía y las infraestructuras agravan el problema y desembocan en menos sistemas de monitorización, tecnología, programas de formación e incluso en desabastecimiento de antibióticos. “Las interrupciones en el suministro de medicamentos pueden provocar prescripciones inadecuadas. Diversos estudios muestran un aumento del 111% en el uso de carbapenémicos de amplio espectro durante los periodos de escasez, a pesar de las intervenciones activas de gestión”, se destaca en el informe.
De acuerdo con el documento, parte de los médicos llegan a percibir estos programas de gestión como una limitación a su autonomía. “Esta resistencia se manifiesta en una aceptación diferencial de las intervenciones: mientras que el 73% de los prescriptores apoyan los programas educativos, solo el 23,4% aprueban las órdenes de suspensión automática y el 28,8% respaldan el requisito de autorización previa”, apuntan.
Además, a este respecto influyen también factores culturales, de jerarquía profesional, educación y presión asistencial.
Otro reto que apunta la FIP es la falta de datos de vigilancia en tiempo real en algunos países por poca capacidad. “En entornos con recursos limitados, a menudo no existen directrices terapéuticas hospitalarias, lo que obliga a los profesionales a basarse en directrices internacionales que pueden no reflejar los patrones de resistencia locales”, señalan. Por ello, la entidad pide mayor implicación gubernamental e institucional.
Por último, la Federación indica que la prevalencia de prescripción hospitalaria de antibióticos en todo el mundo es alta, alcanzando el 47,7%. En países de recursos bajos, estos fármacos se recetan incluso en Atención Primaria. La presión asistencial “es un factor determinante, sobre todo en las unidades de cuidados intensivos o en las salas con mucha actividad, lo que también puede influir en la consulta y la reflexión, y la ausencia de programas deja a los prescriptores sin directrices internas ni mecanismos de retroalimentación. En última instancia, uno de los mayores retos se plantea cuando el riesgo inmediato para el paciente individual supera el riesgo más amplio para la población de la resistencia a los antimicrobianos derivada de la prescripción excesiva”.
Ejemplos de buenas prácticas de gestión antimicrobiana
En concreto, en Europa, la FIP señala que el uso excesivo de antibióticos es “persistente, a pesar de años de vigilancia”. Los Estados miembros de la UE y del Espacio Económico Europeo, no obstante, “están más cerca de alcanzar sus objetivos”. A pesar de ello, “han mostrado signos de estancamiento”. Por el contrario, los países no pertenecientes a la UE muestran mayor variabilidad; algunos, como Armenia, Suiza o Bielorrusia, con mejores resultados, y otros, como Turquía, Serbia o Montenegro, con niveles altos.
“La UE se enfrenta a un preocupante aumento del consumo de antibióticos de ‘reserva’ de última línea, mientras que muchos países no pertenecientes a la UE pueden carecer de acceso a este grupo de antibióticos, pero hacen un uso excesivo de los antibióticos de amplio espectro”, destaca la FIP. En todos los casos, es desde Atención Primaria desde donde se prescriben principalmente los antibióticos, “lo que refuerza la necesidad de la gestión de los antibióticos, el diagnóstico y el cumplimiento de las directrices en los entornos ambulatorios. La mejora de los programas de gestión de antibióticos es una de las estrategias más rentables para garantizar el uso adecuado de los antimicrobianos, reducir el consumo innecesario y limitar los efectos adversos de la RAM”.
La Federación menciona el informe recientemente publicado por la Asociación Europea de Farmacéuticos Hospitalarios (EAHP), en el que se investigaba el papel de los especialistas en los planes de acción nacionales sobre la RAM. Del documento se desprendía que 19 países miembros de la EAHP cuentan actualmente con un plan sobre resistencia, aunque únicamente seis mencionaban explícitamente la función de los farmacéuticos hospitalarios, a saber, Austria, Alemania, Grecia, Italia, Luxemburgo y Malta.
Con todo, señala la FIP, “existen ejemplos de buenas prácticas en las que los farmacéuticos hospitalarios son una parte esencial de los programas”, y nombran a Francia, donde los farmacéuticos “no participan en la prescripción de antibióticos, pero sí en la evaluación de las recetas, la formación del personal médico y paramédico, el análisis del consumo y la resistencia bacteriana, y el asesoramiento especializado”. O Austria, que cuenta con una norma de calidad en los antiinfecciosos en hospitales; y Bélgica, donde “los farmacéuticos son miembros obligatorios del equipo de gestión antimicrobiana en los hospitales, tal y como exige la ley, junto con los especialistas en enfermedades infecciosas y los microbiólogos médicos”.