La industria farmacéutica y el sistema sanitario comparten un territorio común: conocimiento científico, presión asistencial e innovadora, exigencia regulatoria, vocación de servicio y un mismo objetivo, mejorar la salud de las personas. Ese ecosistema —interdependiente y cada vez más complejo— como cualquier organización, se sostiene sobre talento. Y, sin embargo, cuando miramos hacia arriba en las organizaciones sanitarias como los hospitales, hacia los puestos de decisión o la jefatura de servicios, el mapa cambia: el talento femenino sigue estando subrepresentado donde se define la estrategia, se asignan recursos y se fija el rumbo. La brecha de infrarrepresentación de las mujeres, que superan el 60% de la plantilla de facultativos especialistas, tiene consecuencias.
Elevar el debate
Durante años hemos explicado esta brecha con argumentos que, sin ser falsos, han terminado convirtiéndose en coartada: “es cuestión de tiempo”, “ya llegará”, “el relevo generacional lo corregirá”, “la cantera es femenina y eso se notará”. Pero el tiempo, por sí solo, no corrige estructuras. El tiempo solo desplaza el problema hacia adelante. Y el relevo generacional, si hereda los mismos mecanismos de promoción, los mismos sesgos y los mismos modelos de liderazgo, reproduce la desigualdad con otra estética.
Aquí es donde conviene elevar el debate. No hablamos únicamente de justicia social ni de reputación corporativa. Hablamos de calidad del liderazgo, competitividad del talento y sostenibilidad del sistema de salud. En un contexto de medicina cada vez más impulsada por la evidencia, los datos y la innovación —IA, terapias avanzadas, investigación clínica, nuevas formas de organización—, no podemos permitirnos perder, infrautilizar o desalentar la mitad del talento disponible en el camino hacia la decisión en sanidad. La iniciativa de farmaindustria, Mujeres en Farma, Facme y el apoyo del ministerio de sanidad, #En SaludNoSinMujeres camina hacia soluciones a esta brecha de género en sanidad.
En el marco del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia el secretario de estado de sanidad, Javier Padilla, ha afirmado que es preciso "pasar a la acción".
Talento y rendimiento
La brecha de género en el liderazgo sanitario es, en esencia, un problema de gestión. No de discurso. Y por tanto exige herramientas de gestión: medición, objetivos, responsabilidad y seguimiento. Es decir: pasar de la voluntad declarativa a la gobernanza real. En el momento en que una organización se obliga a mirarse con indicadores —cuántas mujeres hay en órganos de decisión, quién lidera proyectos estratégicos, cómo evoluciona la promoción interna, qué ocurre con la retención, cómo se reparte la visibilidad científica y técnica— deja de hablar de igualdad en abstracto y empieza a gestionarla como lo que es: un factor crítico del rendimiento organizativo.
Esto no implica simplificar la realidad ni ignorar las particularidades de cada sector. El mundo hospitalario y el mundo empresarial se mueven con reglas distintas, y por eso avanzan a velocidades distintas. La industria ha incorporado antes una cultura de evaluación, reporting y rendición de cuentas, porque forma parte de su ADN de gestión.
El sistema sanitario, por su complejidad institucional y su tradición jerárquica, suele ser más lento en adoptar instrumentos que conviertan los principios en decisiones operativas. Pero la diferencia de velocidades no puede convertirse en resignación. Puede —y debe— convertirse en un estímulo.
"El liderazgo femenino no se logra esperando a que las mujeres “lleguen”; se logra diseñando organizaciones en las que llegar no dependa de atravesar barreras invisibles"
Política interna
Porque si algo nos enseña cualquier transformación relevante es que no ocurre por acumulación de buenas intenciones. Ocurre cuando una organización decide que un asunto deja de ser “importante” y pasa a ser “medible”. Cuando deja de ser “deseable” y pasa a ser “exigible”. Cuando deja de descansar en la esperanza y se convierte en política interna, en procesos, en datos y en consecuencias.
No se trata de imponer cuotas como único recurso ni de construir relatos complacientes de avances puntuales. Se trata de poner el foco donde realmente está el poder: en la promoción, en la asignación de proyectos estratégicos, en la composición de los comités que deciden, en los espacios donde se define qué investigación se prioriza y qué innovación se integra. El liderazgo femenino no se logra esperando a que las mujeres “lleguen”; se logra diseñando organizaciones en las que llegar no dependa de atravesar barreras invisibles.
En este punto, trabajar con organizaciones que ya se orientan al talento —que aceptan ser evaluadas, que vinculan su discurso a evidencias verificables, que muestran evolución y se comprometen con objetivos concretos— puede ser un primer paso. No el único. No el definitivo. Pero sí un paso real: un mecanismo que convierte la igualdad en un asunto de dirección y no solo de comunicación; en una práctica de gestión y no solo en un valor corporativo.
El futuro del liderazgo
La pregunta relevante, entonces, no es si el liderazgo femenino llegará con el tiempo. La pregunta es si estamos dispuestos a acelerar el tiempo con decisiones. Si vamos a seguir esperando una corrección automática del sistema o vamos a asumir que el sistema se corrige actuando sobre sus palancas.
Porque en salud, como en ciencia, el progreso no se desea: se demuestra. Y la igualdad en el liderazgo tampoco debería ser una promesa diferida. Debe ser una estrategia, un compromiso operativo y una hoja de ruta. El talento femenino no necesita permisos futuros. Necesita estructuras presentes.
La invitación, hoy, es clara: pasar a la acción. Medir, visibilizar, corregir y exigir. Y hacerlo sin demora, porque cada año que se pierde no es neutral: consolida inercias, perpetúa desigualdades y debilita nuestra capacidad colectiva para liderar un sistema sanitario más innovador, más competitivo y, sobre todo, más justo en lo que decide y en quién decide.