¿Necesitamos un “me too” contra el Alzheimer?

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Los medicamentos “me too” de los años 90 fueron fármacos muy similares a otros ya existentes —con el mismo mecanismo de acción y beneficios clínicos parecidos— desarrollados para competir en mercados rentables más que para aportar una innovación terapéutica sustancial. Hoy la innovación farmacéutica opera bajo estándares regulatorios y científicos mucho más exigentes, con niveles de evidencia, calidad metodológica y valor clínico añadido muy elevados, hasta el punto de que muchas compañías descartan en fases avanzadas aquellos desarrollos que no demuestran una aportación diferencial clara, dejando atrás la era de los “me too” para entrar en una etapa de innovación más rigurosa y selectiva.

En la carrera por frenar el deterioro del Alzheimer, Biogen (junto con Eisai) ha logrado situar a Lecanemab (Leqembi) como una de las banderas del nuevo “paradigma antiamiloide”. Pero, cuando se baja del titular a la evidencia, aparece una pregunta incómoda: ¿tiene sentido disponer de más de un anticuerpo monoclonal como si fuera una disrupción terapéutica?

La cuestión no es menor. Cuando un fármaco se presenta como “innovación” en una enfermedad devastadora, el impacto emocional es enorme y las expectativas se disparan.

El riesgo es doble: por un lado, inflar las expectativas; por otro, asumir que basta con una mejora mínima para justificar la incorporación de varios medicamentos que hacen esencialmente lo mismo, incluso en contextos como el Alzheimer, donde la duplicidad terapéutica implica un alto coste clínico, organizativo y económico.

"que el avance sea modesto no significa que no sea necesario"

Ahora bien, que el avance sea modesto no significa que no sea necesario: al menos uno de estos tratamientos debe formar parte del arsenal terapéutico para que esas pequeñas mejoras reales puedan materializarse. Lo discutible no es su existencia, sino su duplicidad sin una ventaja diferencial clara.

Modesto o irrelevante

El ensayo clave de Lecanemab, publicado por van Dyck en The New England Journal of Medicine, mostró una ralentización estadísticamente significativa del deterioro en enfermedad temprana, con reducción de amiloide y diferencias en escalas clínicas.

Si se comparan directamente los datos pivotales publicados, Donanemab ha mostrado una magnitud de efecto ligeramente superior en la escala CDR-SB, con una reducción del deterioro cercana a −0,69 puntos frente a aproximadamente −0,45 observados con lecanemab en plazos similares de seguimiento (Sims et al., JAMA, 2023; van Dyck et al., NEJM, 2023). Aunque ambas cifras siguen situándose en el terreno de la ralentización modesta, la diferencia relativa no es irrelevante desde el punto de vista clínico.

Además, donanemab introduce un elemento diferencial estratégico: su esquema contempla la posibilidad de suspender el tratamiento una vez alcanzado el aclaramiento de placa amiloide confirmado por PET, lo que abre la puerta a un modelo terapéutico potencialmente finito.

En contraste, Lecanemab se plantea como tratamiento continuado sin un marcador biológico explícito de finalización. En un contexto de alta carga asistencial, monitorización intensiva y costes significativos, este matiz puede tener implicaciones relevantes tanto en exposición acumulada al fármaco como en sostenibilidad del sistema sanitario.

Si el listón de “avance” queda fijado en mejoras modestas, el arsenal terapéutico se llenaría de copias funcionales como ocurrió en los 80 y 90. Y en Alzheimer, “copias” significan miles de pacientes, miles de RM y enormes costes de oportunidad, entre otras cuestiones. Si ese camino puede recorrerlo un solo medicamento en determinados perfiles clínicos, no parece razonable duplicar exposición, logística y coste sin una ventaja diferencial clara, y hoy por hoy Donanemab es el que ha mostrado esa diferencia en magnitud de efecto y en planteamiento terapéutico potencialmente finito.

"La cuestión es qué anticuerpo monoclonal de los dos existentes se queda en el arsenal terapéutico contra el Alzheimer en España"

Aprobaciones de FDA y EMA

El recorrido regulatorio de los anticuerpos antiamiloide ha sido desigual a ambos lados del Atlántico. Aducanumab (Biogen) fue el primero en obtener aprobación por parte de la FDA en 2021, mediante la vía acelerada basada en biomarcadores. Sin embargo, nunca logró el respaldo de la EMA, que emitió una opinión negativa y Aducanumab fue retirado del mercado.

Más tarde, Lecanemab (Eisai/Biogen) recibió aprobación acelerada de la FDA en enero de 2023 y aprobación tradicional completa en julio de 2023, tras confirmarse el beneficio clínico en fase 3. En Europa, la Comisión Europea concedió la autorización en 2025 tras un proceso de reexaminación.

Por su parte, Donanemab (Eli Lilly) obtuvo la aprobación de la FDA en 2024, y posteriormente recibió también la autorización de comercialización en la Unión Europea en 2025, siendo así un anticuerpo antiamiloide autorizado con evidencia fase 3 positiva tanto en EE. UU. como en la UE.

La cuestión es qué anticuerpo monoclonal de los dos existentes se queda en el arsenal terapéutico contra el Alzheimer en España, y la respuesta es clara: con el que ofrezca el mejor perfil para el sistema sanitario, para las familias y para el paciente.

Mejores resultados

El ensayo pivotal de Donanemab reportó una ralentización significativa de la progresión clínica en Alzheimer temprano, con un diseño que incluye selección por amiloide y tau. Además, como se ha dicho, una magnitud de efecto ligeramente superior en las escalas globales de deterioro, además de la posibilidad de un modelo de tratamiento potencialmente finito tras el aclaramiento de placa, lo que refuerza su posicionamiento diferencial.

Esto deja a Lecanemab en un terreno incómodo: Si el mensaje es “antiamiloide para fases tempranas”, Donanemab ya materializa esa propuesta con una mayor magnitud de efecto clínico y un modelo terapéutico con posibilidad de finalización, lo que refuerza su valor diferencial

Y si el mensaje de Lecanemab es “primeros en llegar”, aunque sea por unos meses, eso no constituye un criterio clínico ni de valor sanitario, sino un elemento de posicionamiento estratégico. En un sistema sanitario que debe priorizar impacto real, sostenibilidad y beneficio tangible para el paciente, lo relevante no es quién llega antes, sino quién aporta más valor.