“Tenemos que seguir buscando escalas, pero no son las tablas de la ley”. Esta frase, pronunciada por Encarnación Cruz, coordinadora de la Estrategia de Terapias Avanzadas de la Comunidad de Madrid, resume a la perfección la opinión del sector en torno a las escalas de medición del beneficio clínico: Herramientas heterogéneas, sin duda; y más o menos útiles para ofrecer una valoración inicial del valor de un medicamento en función de cuándo se utilicen (no es lo mismo usar una escala en el momento de un ensayo frente a placebo que con RWE)... Pero indudablemente mejorables.
Las dos principales escalas existentes en el campo de la oncología (las promovidas por ASCO y ESMO, las sociedades americana y europea de oncología médica) son, de hecho, dinámicas, y aunque han ido ‘limando sus asperezas’ en los últimos años, todavía mantienen cierta dosis de divergencia. Los oncólogos presentes en la jornada de Fundación ECO y EDS así como María Jesús Lamas, directora de la Aemps, se declararon más cercanos a la escala de la ESMO, que precisamente está a punto de considerar importantes modificaciones.
Según informó Carlos Martín, clínico estadístico del Instituto de Investigación del Hospital Universitario La Paz, una de las próximas novedades a discutir será la introducción de diseños síncronos, con los que se pretende dirigir la escala hacia un solapamiento de la información, combinando el Real World Evidence, es decir, la práctica clínica real, con los datos que vienen de los ensayos clínicos.